viernes, 5 de febrero de 2016

The Rolling Stones: Simpatía por el peligro


Los Rolling Stones mezclaron una ciudad que no se mezcla y que no sabe convivir, y eso produjo fricción y riesgo.

Por Julio Saavedra
Foto: Pablo Rojas

Eran cerca de las tres de la tarde del 3 de febrero de 2016, y en Vicuña Mackena dos tipos de cerca de 60 años vestidos con poleras negras de Rolling Stones tomaban un taxi. Elucubrando al viento: no eran de la capital e iban en dirección al Nacional. Santiago entraba en modo mega concierto y recién caía en la cuenta de que no iba a ir a una activación para el público 20 – 35, universitario con spotify en el teléfono. Iba a un concierto de rock de estadio con todo lo que eso implica y más específicamente, con todos a quienes implica.

Me disculpará la perogrullada, pero los Stones son una banda de (ex)jóvenes de post guerra, influenciada por el lamento de la música negra Estadounidense. Si la industria convirtió a Jagger y compañía en un ícono de glamour y burguesía, no se puede decir lo mismo de su trabajo, nacido en entornos complicados en las capitales angloparlantes de dos continentes a mediados del siglo pasado. Porque la historia del rock & roll y de la música popular es también la historia de las complejidades de la vida en las urbes, y del riesgo que eso conlleva. Recordarán cuando en medio de un disco de Dos Minutos (intro a ‘Mosca de Bar’) le preguntaban a Enrique Simms: ¿qué es el bar, Enrique? Y el respondía que si las ciudades eran el miedo a la jungla, el bar era un reducto de jungla dentro de la ciudad, entendiendo la jungla como el caos, el riesgo y el imponderable. Sin embargo, un piano bar no es la jungla, el Bar Uno puede que sí. El rock, el jazz, el punk, la electrónica o el hip hop, se convertirían en la proyección de las segregaciones, los riesgos y de lo violento que es vivir en las ciudades (desde un lanzazo, pasando por la cantidad de homeless que duermen alrededor de la Posta Central, hasta ir apretado en el metro).

Chuck Berry estuvo preso por robo a mano armada; al trompetista Chet Baker le volaron los dientes por no pagarle a tiempo a su dealer, Lou Reed le cantó a su dealer (negro); David Bowie casi pierde un ojo en una pelea; Noel Gallagher robaba radios de autos; Jason Kay robaba autos; Sonny Curtis, quién escribió ‘I Fought the Law’ (popularizada por The Clash), fue ahogado en bencina por mirar la mujer de un gangster; y los saqueos durante el apagón del 77 en Nueva York tuvieron una repercusión directa en los equipos de sonido a los que pudo acceder la comunidad afroamericana. Cuando a The Rolling Stones les robaron las guitarras en Francia, mientras grababan “Exile on Main Street”, Keith Richards salió a recuperarlas y las recuperó; el mismo tipo que años más tarde le pegaría un guitarrazo a un fan que se subió al escenario mientras interpretaban ‘Satisfaction’. Luego, seguiría tocando.

Por más que DG Medios cobró las cifras más altas que recuerde e intentó replicar el apartheid de Santiago en forma de canchas, el nivel de convocatoria de Jagger & co. convirtió el concierto en un cóctel de edades y clases (por lo menos a las que le alcanza para endeudarse por un mínimo de 40 mil pesos). 54 años tocando atrajeron a los dos sesentones de provincia, pero también al despreciado rockero consumidor de cerveza Escudo, a la amante de los sesenta, al melómano de Pitchfork, a la nueva sicodelia, a una delegación trasandina rollinga, al papá que quiere mostrarle a su hijo a la banda más importante de la música viva antes de que termine de derretirse, al hombre común, si es que eso existe. Si Jagger es la definición de lo cool, su público no lo es necesariamente, y eso se debe al nivel de alcance de la banda y a su permanencia en el tiempo.

Foto: Jaime Valenzuela. DG Medios.

Los Rolling Stones mezclaron una ciudad que no se mezcla y que no sabe convivir, y eso produjo fricción y riesgo. Mientras escribía estas líneas, en twitter una entusiasta de la música comentaba cómo distintas personas retaron a su hermano por bailar en el concierto. Que te jodan por moverte en un concierto de rock and roll parece una estupidez, pero a mí me tocó ver lo contrario. Un energúmeno de metro 90 tenía tenso un radio de 4 metros con sus bailes y sus manotazos, incluso terminó repartiendo charchazos a un rubio adolescente colindante. Como otra amiga vio tres seudo conflictos, ubicada en un sector más exclusivo del estadio, me quedo con la idea de que fue una constante.

Sin embargo ese nivel de tensión, incomodidad y pugna no es tan distinto al que ocurre en el metro, en los tacos o en las oficinas. Si vivir en las ciudades contemporáneas es una mierda, ¿por qué la música y sus conciertos no deberían representar eso?

Las peleas por avanzar y tomar espacio pueden ser un producto de las actitudes de rata a las que nos ha acostumbrado el capitalismo, o una lucha de clases solapada (las dos discusiones que me tocó ver, contraponían a un moreno con un rubio). En un momento Jagger dijo que el público chileno era “la raja”, y desde tres metros de donde estaba un tipo respondió que “menos los cuicos culiaos”. Lejos de intentar una alegoría a la violencia, el concierto cumplía lo que intuí. No era un pic nic, una “experiencia” oculta auspiciada por una cerveza para un público homogéneo, una banda de rock con arreglos de cuerda en el Teatro Municipal, para quienes no desentonan en el Municipal. Había diversidad, riesgo y muchas ganas. Si te caes en un pogo de Black Flag va a doler, si se te viene encima una avalancha humana en un concierto de Pearl Jam, te mueres. Los policías ingleses les daban pateaduras a los asistentes a las raves ilegales. Cuando Bowie cantó el 87 frente al Muro de Berlín los Vopos (Volkspolizei o policía popular de la RDA) arrestaban gente al azar.

Hay cierto nivel de imponderable en congregar personas a escuchar música, y eso que todos iban por la misma banda. ¿Qué pensarán los fans de Nick Cave que vieron a su ídolo tapado en escupo por los seguidores de Cypress Hill? ¿Qué dirán los seguidores de Dandy Warhols, que en su primera visita poco y mal pudieron ver a la banda, debido a los abucheos de los fans de Chris Cornell? ¿Es una actitud sólo nacional? ¿Recuerdan lo que le pasó a las chicas que telonearon a Nirvana en Argentina el 92? El 2009 un tipo le pego un botellazo (botella plástica) a Morrissey en pleno concierto en Liverpool. El tipo dijo buenas noches y no volvió a salir. El mejor y más trágico ejemplo vendría de los propios Rolling Stones el 6 de diciembre de 1969 en Altamont, un concierto en el cual hubo tres muertes accidentales y un homicidio a puñaladas, provocado por Los Hells Angeles, motoqueros que estaban a cargo de la seguridad del evento y que incluso noquearon a Marty Balin de Jefferson Airplane.

Mientras Wood y Richards tejían las melodías de los Stones a partir de un continuo intercambio de liderazgo entre sus Les Paul/Telecaster, el tejido social chileno mostraba una hilacha que ha aprendido a ocultar. Alguna vez escuché que la música era negocio, arte y espectáculo, y si puede dejar adelante lo que está atrás, tendremos asegurada su dimensión más importante. Mientras arriba del escenario la imagen viva del rock tenía 70 años, desafiaba a la física y dejaba en vergüenza el estado físico de medio estadio, abajo Los Rolling Stones dejaban en evidencia las tensiones de una sociedad que sólo dialoga con su símil.

Sin embargo, no podría decir si la tensión en el rock es negativa en su violencia o es positiva en su dialéctica, aunque el acto de sobre congregar -ya que la vocación de masas dejó de interesar al pop más avant garde y de nichos- me parece positivo en sí mismo. Finalizando la presentación, y con ‘Satisfaction’ alargándose hasta la sicodelia, miré a mi izquierda y había un tipo de más de 40 metido en un pogo con adolescentes, entre ellos, dos o tres niñas. Luego hice lo mismo hacia la izquierda y el energúmeno de metro noventa estaba abrazado con dos púberes del sector oriente: se había convertido en el imán de todos los que querían el descontrol. En otro sector de la cancha el público hacía espacio para que un hombre cercano a los 60 pudiera respirar bien. Puede ser siútico, puede ser amarillo, pero es lo que pasó. No es mi culpa.