domingo, 30 de septiembre de 2012

La Vitrola Clásicos: The Verve – Urban Hymns (1997)

Si hablamos de los noventa -y en particular de vídeos de los noventa- pocas imágenes son tan evocadoras como la de un Richard Ashcroft caminando por Londres y chocando con todo aquel que le sale al paso, mientras ‘Bittersweet Symphony’ suena de fondo. Esa canción maldita que lanzó a The Verve a la fama mundial, pero de la que jamás verían un peso en royalties gracias a los abogados de la poderosa dupla Jagger/Richards. Su éxito fue tal que en cierta medida opacó al resto de las canciones conformantes de un trabajo fantástico, que si bien traiciona y ‘masifica’ el sonido que la banda había mostrado en sus notables producciones anteriores, constituye uno de los discos más recordados de su década. He aquí una reseña a 15 años de su presentación. 

Si eres de aquellos que entienden que The Verve es mucho, pero muchísimo más que Bittersweet Symphony y este disco, créeme, estoy contigo. De hecho, me gustaría partir este texto recomendando a quienes no lo hayan hecho, escuchar el primer EP "Verve" y por supuesto esa joya llamada "A Storm In Heaven" de 1993. Una vez hecho esto, escuchar "A Northern Soul" (1995) y observar el dramático cambio de sonido que presentó la banda tras el estallido del britpop, un proceso similar al vivido por otros conjuntos como Ride. En "Urban Hymns" ese proceso llega a su etapa cúlmine, y es por eso que en boca de muchos este es un trabajo el cual no requiere mayor atención, ya sea por su alcance mainstream, por presentar un sonido más digerible o simplemente porque preferían el sonido Verve original, algo en lo que nuevamente, estoy con ellos.

Pero hay que saber reconocer cuando una banda da un giro musical aunque manteniendo –y en algunos casos mejorando- los elementos que la hacen ser lo que es. Las composiciones de un Richard Ashcroft recién comprometido con Kate Ridley, la ex Spiritualized y novia de Jason Pierce, llenas de seguridad y capaces de sonar como himnos, al fin, en estadios repletos. La banda que había vivido la separación y había resucitado para darle un segundo intento, tras el alejamiento-regreso del gran Nick McCabe. Y sí, para Nick necesito un párrafo aparte.

          

Quizá sea un fetiche de quienes escuchamos más a los Smiths por Johnny Marr, a R.E.M. por Peter Buck o a los Stone Roses por John Squire, pero aquí Nick McCabe como siempre está 'en otra’. Conjugando acordes en una dimensión distinta, rompiendo los esquemas de todo lo que ‘se supone debe entrar’ dentro de una canción pop –en especial en una balada: The Drugs Don’t Work, Weeping Willow o Lucky Man-. El ejercicio de intentar separar en la cabeza lo que él está tocando del resto de la banda resulta una de las maneras en las que más disfruto al escuchar este disco, pues las atmósferas que genera, si bien bifurcan con una dirección propia, terminan llegando al mismo destino que el resto de sus compañeros; a lo más alto que se le puede exigir a una composición de Ashcroft la cual ha sido deconstruida para ser presentada dentro de un papel de regalo todavía más llamativo.

Volviendo al trabajo, todo está donde debe estar. La sinergia entre sus integrantes fue potenciada hasta el límite por la impecable producción de Chris Potter, quien se hizo un nombre dentro de la industria en gran parte gracias a este álbum. Ésto, pues había material al que sacarle el jugo: ‘Sonnet’, ‘The Rolling People’, ‘Lucky Man’ o ‘The Drugs Don’t Work’ sólo por nombrar algunas de las que quedaron en la retina del público mayoritario, pero también el alcance emotivo adquirido por composiciones como ‘Velvet Morning’ o ‘Space and Time’, en lo más alto de un año que arrojó grandes discos y, por consecuencia, grandes canciones.

Finalmente, habría que hacerle justicia, aunque sea en un pequeño apartado, a las canciones que no quedaron. Así es, Mad Richard estaba realmente inspirado durante la gestación de este disco, dando lugar a lados B como ‘Lord I Guess I'll Never Know’, ‘The Crab’ o la inspirada ‘So Sister’, que en su versión acústica alcanza el nivel de la primogénita ‘See You In The Next One’, otra de las habituales de las presentaciones de Ashcroft en solitario. Cualquiera de ellas pudo haber quedado fácilmente en cualquiera de los trabajos solistas del músico, que la verdad no alcanzan punto de comparación con lo hecho en The Verve y más parecen un alcance de copia/referencia a este, su trabajo más digerible, pero no por eso menos brillante.   
 Por Joaquín Riffo